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miércoles, 11 de junio de 2014

Las Ecoaldeas Invisibles II



I.               Mandikozo. La Aldea de las mujeres.

  Hacia mediados de los años 70, el Congo se hallaba sumido en un caos de matanzas indiscriminadas entre guerrillas de las diferentes etnias que pugnaban por su parcela de diamantes y poder. Fue a raíz de las constantes violaciones y secuestros sufridos por  mujeres de la etnia burma que unas 200 de entre ellas decidieron retirarse con sus hijos al interior de la selva virgen de Manawi. Si bien su intención original estuvo motivada por el miedo y el humano deseo de sobrevivir, la experiencia de vivir en paz y armonía por primera vez en sus vidas (ni las más ancianas recordaban algo así) les llevó a plantearse primero y decidir después el no volver jamás a sus antiguos lugares de origen ni permitir a los hombres dominarlas de nuevo.

  Los primeros meses todo resultó dificultoso, ya que el levantar las cabañas y limpiar de animales ponzoñosos el lugar resultó bastante laborioso, pero el trabajo les ayudó a saber organizarse en grupos de trabajo según las necesidades y habilidades de cada una. Desde un primer momento se montaron trampas y guardias para evitar ser descubiertas y no fueron pocos los hombres que fueron sorprendidos y aniquilados por acercarse demasiado a su escondite. El espíritu guerrero y ardiente de la tribu burma era conocido y respetado desde siempre. Y las mujeres de Mandikozo fueron especialmente temibles con sus arcos, lanzas, hachas y cerbatanas mortíferas.

  Su odio hacia los hombres fue terrible en los comienzos. Cazaron algunos de ellos vivos mediante trampas y los utilizaron como esclavos para tareas de todo tipo. Incluso para procrear, pues pronto se dieron cuenta de que sin futuras generaciones la aldea no podría sobrevivir al paso del tiempo.

  Como la selva es rica en recursos, la alimentación no fue nunca un problema, ya fuera en productos de la caza, la pesca o la recolección. Las típicas escenas de celos y rivalidades que se daban en sus vidas anteriores no se repitieron aquí pues todo era justamente compartido. Los jóvenes crecieron fuertes gracias a los cuidados de las abuelas que también habían decidido migrar. Cuando los chicos alcanzaban la pubertad los acompañaban de noche y con los ojos tapados hasta una población situada a más de treinta kilómetros con indicaciones de cómo llegar a sus antiguos poblados.

  Conocida popularmente como la tribu de las amazonas –pues en su celo y deseo de servir a la comunidad algunas de las más ardientes guerreras se cercenaban un pecho para poder disparar mejor con el arco –, esta comunidad consiguió perdurar durante casi 18 años en la selva congolesa hasta que una epidemia la diezmó. Se dijo que una multinacional petrolera interesada en los recursos de la zona había tenido algo que ver en todo ello pero nunca se pudo probar.

Moralejas:

  • La adversidad une; el instinto de supervivencia es indudablemente más fuerte cuanto más colectivo.
  • La diversidad ha de ser siempre un pilar de cualquier proyecto sostenible.


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